Otras

¡Oh, fin de mis alegrías,
comienzo de mis tristezas!
Alcancen ya mis porfías
que se acaben las cruezas,
que acabaron ya mis días.
Y no quiera
vuestra merced que así muera,
aunque pienso que, si muero,
darme vos el mal postrero
será la merced primera.

Es remedio al pensamiento
ser la pena más crecida,
que, creciendo mi tormento,
menguará mi triste vida
y, con ella, lo que siento.
Mas tamañas
son mis penas, tan estrañas,
que de miedo de mi suerte
se pasa por mí la muerte

Futuro

Poeta, puedes hoy, talvez cansado
No encontrar en tu mente vibradora
La inspiración robusta del pasado.
Tu estrofa tuvo luz y olor de aurora…
Hoy en lugar del canto donde vibra
El secreto más íntimo del alma,
Con perezosa lentitud cincelas
De tus modelos por la vieja norma,
Las difíciles frases, y persigues
Las mezquinas audacias de la forma.
Y porque tu profunda poesía,
Antes raudal de selva americana
Es hilo débil de agua, que si brota
Se evapora al calor del mediodía
Y se pierde infecunda, gota a gota,

Soneto

Este gran don Ramón de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura,
parece un viejo dios altanero y esquivo
que se animase en la frialdad de su escultura.

El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado una vida más intensa y más dura.

Este gran don Ramón del Valle-Inclán me inquieta,
y a través del zodíaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta,

Fraile, Un

Descalzo, con oscuro sayal de lana,
Sobre el lomo rollizo de su jumento,
Mendigando limosnas para el convento
Va el fraile franciscano por la mañana.

Tras él resuena el toque de la campana
Que a la misa convoca con dulce acento
Y se pierde en las nubes del firmamento,
Teñidas por la aurora de oro y de grana.

Opreso entre la diestra lleva el breviario,
Pende de su cintura tosco rosario,
Cesta de provisiones su mente forja,

Y escucha que, a lo largo del gran camino,
Respondiendo al rebuzno de su pollino,

6, Hércules Ante la Hidra

En el umbral de lóbrega caverna
Y, a las purpúreas luces del ocaso,
Surge, acechando del viajero el paso,
Invencible y mortal, la Hidra de Lerna.

Mientras se extasía su maldad interna
En mirar esparcidos al acaso
Cuerpos de piel brillante como el raso,
Torso viril o ensangrentada pierna;

Hércules, coronado de laureles,
Repleto el carcaj en el áureo cinto,
Firme en la diestra la potente maza,

Ante las sierpes de viscosas pieles
Detiénese en mitad del laberinto,
Fulminando en sus ojos la amenaza.

Reprende en la Araña a las Doncellas

Si en no salir jamas de un agujero
y en estar siempre hilando, te imitaran
las doncellas, ¡oh araña!, se casaran
con más ajuar y más doncel dinero.

Imitan tu veneno lo primero,
luego tras nuestra mosca se disparan;
por esto, si contigo se comparan,
más tu ponzoña que sus galas quiero.

De manojos de zancas rodeada,
barba jurisconsulta a tu cabeza
forjas con presunciones de letrada;

pues en tus telas urdes con destreza
leyes al usó, donde queda atada
culpa sin brazos, vuelo sin grandeza.

Pesame a su Marido

La que de vuestros ojos lumbre ha sido
convierta en agua el sentimiento agora,
ilustre duque; cuyo llanto llora
todo mortal que goza de sentido.

Vuestra paloma huyó de vuestro nido,
y ya le hace en brazos de la aurora,
estrellas pisa, estrellas enamora
del nuevo sol con el galán vestido.

Llorad, que está en llorar vuestro consuelo,
no cesen los suspiros que por ella
con sacrificios acompaña el suelo.

Llorad, señor, hasta a tornar a vella,
y ansí, pues la llevó de envidia el cielo,

En la Muerte del Rey Don Felipe III

Mereciste reinar, y mereciste
no acabar de reinar, y lo alcanzaste
en las almas al punto que aspiraste,
como el reinar al punto que naciste.

Rey te llamaste cuando padre fuiste,
pues la serena frente que mostraste,
del amor de tus hijos coronaste,
cerco a quien más valor que al oro asiste.

Militó tu virtud en tus legiones,
vencieron tus eiércitos, armados
igualmente de acero y oraciones.

Por reliquia llevaron tus soldados
tu nombre, y por elempio, tus acciones,
y fueron victoriosos y premiados.

Enseña no Ser Segura Política Reprender Acciones

Raer tiernas orejas con verdades
mordaces, ¡oh Licino!, no es seguro;
si desengañas, viviras oscuro,
y escándalo serás de las ciudades.

No las hagas ni enojes las maldades,
ni mormures la dicha del perjuro;
que si gobierna y duerme Palinuro,
su error castigarán las tempestades.

El que, piadoso, desengaña amigos,
tiene mayor peligro en su consejo
que en su venganza el que agravió enemigos.

Por esto a la maldad y al malo dejo.
Vivamos, sin ser complices, testigos;
advierta al mundo nuevo el mundo viejo.

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